Pasaron los Juegos de Río de Janeiro y, pese al miedo inicial a que el Zika ensombreciera este gran acontecimiento deportivo y originara una crisis de consecuencias imprevisibles, ha resultado que el mayor escándalo de la competición ha tenido nombre propio. En concreto de nadador, el del norteamericano Ryan Lochte. Basta decir que un 2,5% de los tuits registrado durante los Juegos han versado sobre este tema.
El episodio es de sobras conocido. Para explicar los destrozos causados en una gasolinera de la ciudad durante una noche de juerga, el deportista tuvo el cuajo de inventarse que él y sus compañeros de farra, también miembros del equipo olímpico norteamericano, habían sido atracados a punta de pistola tras asistir a una fiesta. Sin embargo, cuatro días después, la policía desmintió la frágil e inconsistente versión del nadador y mostró la grabación de las cámaras de seguridad, que evidenciaban que el estropicio fue provocado por Lochte y sus compañeros de borrachera.
Descubierta la farsa, el deportista emitió una vaga petición de perdón: “Quiero disculparme por mi conducta del pasado fin de semana, por no haber sido más cuidadoso y franco”. En ningún momento hizo mención a los hechos ni admitió que había mentido y se limitó a señalar que no se había expresado “cuidadosamente” en su declaración policial.
Esta torpe petición de perdón no hizo más que empeorar las cosas, hasta el punto de que marcas como Speedo o Ralph Lauren decidieron poner punto final a su relación comercial con el nadador, que mantenía patrocinios por valor de seis millones de dólares. Nada que ver con lo que le ocurrió hace unos meses a la tenista Maria Sharapova, cuyo caso también ha sido tratado en este blog.
Con el fin de enmendar el error, sin duda asesorado por expertos en comunicación de crisis, Lochte emitió una segunda declaración de perdón, mucho más explícita que la anterior. Lástima que llegara demasiado tarde, en un momento en el que la credibilidad del nadador se encontraba ya fatalmente dañada.
El caso de Ryan Lochte, que ha indignado al pueblo brasileño, vuelve a recordarme lo importantes que son la empatía y el arrepentimiento en situaciones de crisis. Algo de lo que ya hemos hablado también aquí. El nadador no solo tuvo una conducta deplorable, sino que además quiso correr un tupido velo a base de mentiras, el peor de los recursos posibles.
Adam Galinsky y Maurice Schweitzer, profesores en dos escuelas de negocios norteamericanas y co-autores de Friend & Foe (Amigo y Enemigo), han analizado qué elementos tiene que incluir una declaración de perdón para resultar creíble y efectiva. Según ellos, una disculpa debe ser sincera, debe mostrar arrepentimiento por el daño causado a otros y tiene que transmitir un compromiso firme de cambio.
Son tres elementos de los que carecía la primera declaración de Lochte quien, para rematar la pifia, abandonó Brasil apresuradamente dejando en el país a sus tres compañeros de juerga y poniendo de relieve que también carece de las dotes de liderazgo y coraje que cabrían atribuir al que hasta ahora estaba considerado uno de los héroes del deporte norteamericano, con permiso de Phelps.
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