Ignorada por la crítica, alabada por un sector del público, no puede negarse que Scandal tiene su morbo. La serie fue creada por Shonda Rhimes, autora de éxitos como Anatomía de Grey o Cómo defender a un asesino, una guionista y productora que sabe cómo no dejar a nadie impasible. Aunque sea tirando de imaginación y llevando algunas tramas al borde de lo inverosímil, lo que parecía en principio un experimento efímero se ha convertido en una serie que ha alcanzado su séptima y, al parecer, última temporada.
Scandal narra la historia de Olivia Pope, que al frente de Olivia Pope & Associates se enfrenta a los casos más turbios que quepa imaginar en Washington DC. Decir que su agencia se dedica a la gestión de crisis, como reza la publicidad de la serie, es poco menos que un eufemismo. Porque por las manos de Olivia Pope pasan sobornos, chantajes de altos vuelos, asesinatos en familia y organizaciones secretas que velan por los intereses del Estado saltándose a la propia Casa Blanca si es necesario. No faltan, como era de esperar, las consabidas dosis de adulterio que, en este caso, tienen como protagonista a Fitzgerald Grant III, el mismísimo presidente norteamericano, con quien Olivia Pope mantiene una relación intermitente.
Aunque no lo parezca, la serie de Rhonda Shimes está basada en un personaje real, el de Judy Smith, una gestora de crisis afroamericana que fue secretaria de prensa de la Casa Blanca en tiempos de George Bush padre y que posteriormente creó su firma de gestión de crisis en Washington DC.
La diferencia entre realidad y ficción televisiva es que en Scandal casi todo el mundo es malo. Y, si bien las historias que cuenta lleguen a chirriar, lo cierto es que ha conseguido estirar el chicle a lo largo de 109 episodios para entusiasmo de sus seguidores. Aunque sea a base de tramas fabulosas y poco probables.
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